«Mis risas se derramaban en sus labios y dificultaban mis besos…»

Me agarré a él con la mano y con la magia, con igual imprudencia en ambos casos, mientras él vertía también magia a presión sobre mí desde su lado. El Dragón exhaló un fuerte bufido, nuestros ardides se prendieron el uno al otro, y la magia entró en ellos a borbotones. El rosal comenzó a crecer de nuevo, a descolgar las raíces de la mesa y a trepar en zarcillos fuera de la ventana. Las abejas se convirtieron en un enjambre que zumbaba entre las flores, todas ellas con unos ojos que brillaban de un modo extraño, dando vueltas aquí y allá. Si hubiera cogido una en mis manos y la hubiese mirado de cerca, habría visto en aquellos ojos el reflejo de todas las rosas que el insecto había tocado. Pero no había hueco en mi cabeza para abejas, ni para rosas, ni para espías; no había sitio para nada salvo la magia, el crudo torrente de magia y la mano del Dragón como mi única roca, excepto que él estaba cayendo conmigo. Sentí su desconcertada preocupación. Por instinto, tiré de él conmigo hacia donde estaba flaqueando la magia, como si de verdad estuviese en plena crecida de un río, tratando de alcanzar una orilla. Juntos logramos salir a rastras. El rosal empezó a menguar poco a poco hasta quedar en una sola flor; las abejas se metían en las flores conforme éstas se iban cerrando, o simplemente se disolvían en el aire. La última rosa se cerró y se desvaneció, y ambos nos dejamos caer al suelo, sentados con las manos aún entrelazadas. No sabía qué había pasado: él me había hablado con bastante frecuencia de los peligros de no tener la suficiente magia para un hechizo, pero jamás había mencionado el riesgo de tener demasiada. Cuando me volví para exigirle una respuesta, el Dragón tenía la cabeza inclinada hacia atrás, apoyada contra la librería, con unos ojos tan alarmados como los míos, y me di cuenta de que él no sabía mejor que yo lo que había sucedido. —Bueno —dije pasado un instante, de un modo ilógico—, supongo que sí ha funcionado. Me miró a los ojos, en el surgir de la indignación, y me eché a reír sin poder evitarlo, casi roncando: estaba mareada de la magia y la preocupación. —¡Tú, lunática intolerable! —me gruñó, y acto seguido me tomó la cara entre las manos y me besó. No pensé realmente en lo que estaba sucediendo ni siquiera mientras correspondía a su beso; mis risas se derramaban en sus labios y dificultaban mis besos. Aún permanecía vinculada a él, nuestra magia en una enorme maraña de nudos enredados. No tenía nada con lo que comparar aquella intimidad.

Un cuento oscuro, Naomi Novik

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