«Nuestro ritmo es como una canción silenciosa…»

Me volví hacia el arroyo. Ella me miraba. Todavía estaba a cien pasos de ella, pero podía verle los ojos, oscuros y curiosos. Esbozó una sonrisa amplia y peligrosa. Soltó una risotada salvaje, una carcajada aguda y jovial. No era un sonido humano. Entonces echó a correr y cruzó el claro, rauda como un gorrión, elegante como un ciervo. Salté a perseguirla, y pese al peso de mi macuto y a la espada que llevaba atada al cinto, me moví tan deprisa que la capa ondeó detrás de mí como una bandera. Nunca había corrido tanto, ni he corrido tanto después. Corría como un niño, rápido y ligero, sin el menor temor a caer. Ella iba delante de mí. Se metió entre la maleza. Recuerdo vagamente árboles, el olor a tierra, el gris de la piedra iluminada por la luna. Ella ríe. Se esconde, baila, toma la delantera. Espera hasta que casi puedo tocarla, y entonces se escabulle. Brilla a la luz de la luna. Ramas que me arañan, una rociada de agua, un viento cálido… Y entonces la atrapo. Sus manos se enredan en mi pelo, y tira de mí hacia ella. Sus labios anhelantes. Su lengua tímida e inquieta. Su aliento en mi boca, llenándome la cabeza. Sus pezones, calientes, me rozan el pecho. Su olor a trébol, a almizcle, a manzanas maduras caídas del árbol… Y no hay vacilación, no hay duda. Sé exactamente qué tengo que hacer. Mis manos se posan en su nuca. Acarician su cara. Se enredan en su pelo. Se deslizan por la suavidad de su muslo. La agarran con fuerza por el costado. Rodean su estrecha cintura. La levantan. La tumban… Y ella se retuerce debajo de mí, ágil y lánguida. Lenta y suspirante. Me abraza con las piernas. Arquea la espalda. Sus manos calientes se agarran a mis hombros, a mis brazos, a mis caderas… Entonces se sienta a horcajadas encima de mí. Sus movimientos son salvajes. Su larga melena me acaricia. Echa la cabeza hacia atrás, temblorosa, estremecida, y grita en un idioma que no conozco. Sus afiladas uñas se clavan en mis pectorales… Y también hay música: gritos mudos que suben y bajan, suspiros, mi corazón acelerado. Sus movimientos se ralentizan. Le agarro las caderas en un frenético contrapunto. Nuestro ritmo es como una canción silenciosa. Como un trueno repentino. Como el golpeteo de un tambor lejano… todo se detiene. Todo en mí se tensa. Estoy tirante como una cuerda de laúd. Temblando. Dolorido. Me han tensado demasiado y me rompo.

El temor de un hombre sabio, Patrick Rothfuss

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